viernes, 16 de abril de 2010

DESPLAZÁNDOSE… HACIA LA UNIVERSIDAD

Yaliceth Barbosa llegó muy pequeña a Loma del Bálsamo, corregimiento del municipio Algarrobo, departamento del Magdalena. Vivía en Sacramento, otro corregimiento, y el 9 de marzo de 2001 su familia salió de allí, desplazada por la violencia. Casi toda su vida la ha pasado en Loma del Bálsamo, donde cursó sus estudios escolares, los cuales finalizó el año pasado con excelentes resultados. El desplazamiento forzado y la mala situación económica de su familia no fueron impedimento para que ella hiciera la primaria y el bachillerato. Ahora se está preparando para ir a la universidad: la multinacional Drummond, que en la costa norte de Colombia explota y exporta carbón, le otorgó una beca para que realice sus estudios superiores. Su excelencia académica reportó las primeras buenas noticias cuando llegaron los resultados de los exámenes de Estado, el famoso ICFES: Yaliceth tuvo el segundo mejor puntaje dentro de los estudiantes de la institución educativa de Loma del Bálsamo. La ‘seño’, como se refiere Yaliceth a Miriam Escorcia, rectora del colegio, la inscribió junto con otras dos compañeras en el programa de becas que tiene Drummond. Poco después llegó la gran noticia de la subvención. La competencia fue difícil porque todos los estudiantes cumplían con los requerimientos del programa que ofrece la multinacional en su área de influencia, 13 municipios de los departamentos de Magdalena y Cesar. Un promedio entre el comportamiento académico a lo largo de la vida escolar, el puntaje del ICFES y los ingresos de la familia, hicieron acreedora a Yaliceth de la matrícula universitaria cada semestre, hasta que termine su carrera, y un sostenimiento mensual. Así como le pasó a Yaliceth, les ocurrió a otros tres jóvenes magdalenenses y cesarenses. Alfredo Araujo, gerente de Relaciones con la Comunidad de Drummond, cuenta que fue una grata sorpresa encontrarse con que la joven ganadora de la beca pertenecía a una familia afectada por el desplazamiento forzado. “Aunque esto no significaba un puntaje excepcional a la hora de entregar la beca, fue una coincidencia feliz. Creo que logramos un doble propósito”. Yaliceth no pensó ser favorecida con la beca. De hecho, tampoco pensaba estudiar en una universidad, aunque sí quería cursar estudios superiores y por eso ya estaba iniciando su proceso de inscripción en el SENA. “Me llama mucho la atención el turismo. Tenía pensado estudiar Administración Hotelera pero ahora, con la orientación de la directora del colegio, estoy viendo otras opciones para ver en cual me desenvuelvo mejor”, explica. “Es una alegría muy grande. No teníamos forma de darle la oportunidad de ir a la universidad. Ahora vamos a estar desahogaditos pues ya es poco lo que tenemos que conseguir para darle a ella”, dice Manuela, la mamá de Yaliceth. “La beca quedó en buenas manos. Esperamos que este triunfo dé buenos resultados para ella y su familia”, afirma Luz Karime Castillo, coordinadora de la Institución Educativa Loma del Bálsamo, agregando que “tal vez porque Yaliceth es una joven víctima de la violencia, es un poco aislada, no es tan sociable con sus compañeros, pero eso no le impidió ser muy buena alumna desde que inició sus estudios en Loma del Bálsamo”. Yaliceth tiene 17 años. Es tímida, habla poco y cuando lo hace casi no mira a los ojos de su interlocutor. Su rostro deja entrever tristeza y nostalgia. Tal vez está sumida en esos sentimientos por el golpe del desplazamiento. ………. Llegar a Loma del Bálsamo no es difícil. Se toma la vía que de Santa Marta conduce a Valledupar y aproximadamente dos horas después, se ve la primera casa del corregimiento. Trescientos metros más adelante, sobre esa misma carretera, está la última vivienda, la de Yaliceth, donde habita con su mamá, su papá, sus seis hermanos, una tía y dos primos. Para los Barbosa Vizcaíno sí fue difícil, además de duro, arribar a Loma del Bálsamo “porque nos tocó venirnos prácticamente sin nada. Llegamos acá, vivimos donde mi abuelo un tiempo, luego donde una tía y después mi papá vendió un carro que tenía y compró esta casa”, recuerda Yaliceth. “Salimos de allá siendo unos niños, yo tenía como 8 años. Mi papá se quedó sin trabajo, tuvo que empezar de nuevo y con tantos hijos encima… pero bueno, aquí estamos”. Sentada en un mecedor, Manuela contempla a su hija y cuenta que en el jardín de la casa siembran yuca y que su esposo va a trabajar a la finca de su madre, que queda como a tres horas caminando. Allá tienen matas de café pero perdieron la cosecha porque abandonaron la tierra. “Estamos comenzando a sembrar otra vez. Ha tocado luchar bastante para levantar la ‘papita’ y educar a nuestros hijos”. Tres mujeres y cuatro hombres. La mayor y Yaliceth ya terminaron el bachillerato, los otros continúan al colegio aunque el más pequeño, de 3 años, asiste al hogar infantil. Manuela tiene 40 años. La familia de Yaliceth es uno de los núcleos actores del retorno a Bellavista, Magdalena, enmarcado dentro de la estrategia gubernamental Retornar es Vivir. El regreso de las 190 familias a esa población se ha ido dando paulatinamente. En este momento 41 grupos familiares viven en Bellavista, gracias a que la culminación de dos proyectos de vivienda rural y otras obras de infraestructura que se desarrollan los han animado a volver.

jueves, 4 de septiembre de 2008

SUEÑOS QUE SE CONVIERTEN EN HOGARES

Hace 10 años, Carlos Mario Arias vivía en el municipio de San Francisco, en el oriente antioqueño, del cual tuvo que salir por causa de la violencia. Cuando retornó, una vez mejoró la situación, vivió en casas alquiladas, en ocasiones prestadas, hasta que por fin tiene casa propia.

“Tengo mucha alegría porque era un sueño: bregar a construir la casita, pero no había fondos. Me inscribí en el proyecto de vivienda y gracias a Dios salí favorecido”, cuenta Carlos Mario frente a la puerta de su nuevo hogar, que comenzó a construir junto con las demás familias beneficiadas en junio del año pasado.

Según dice Arias, ellos se encargaron de todas las labores para levantar sus casas: limpiaron el terreno, removieron piedras, cargaron material y fabricaron los bloques. Todo siempre en armonía con los demás, ya que sabían que a medida que se iban erigiendo esas construcciones, sus sueños se iban haciendo realidad.

Ahora Carlos Mario tiene tres alcobas, salón, cocina y lavadero: un sitio digno donde vivir con su esposa y sus dos hijos, de 4 y 1 año. “Una casita muy buena, muy cómoda, muy elegante. Solo falta que nos conecten el fluido eléctrico y a vivir bien bueno”.

Subir al cielo

María de los Ángeles Gallego sufrió dos veces los rigores del desplazamiento. Trabajaba en el campo, en San Juan, recogiendo café. De allí tuvo que huir. Al año de estar viviendo en La Arboleda, lugar que la acogió, también tuvo que desplazarse por culpa de la violencia. Finalmente llegó a Cocorná, población a la que llegó viuda y con sus tres hijos muy pequeños para levantar.

“Aquí puse un toldito, para vender fritanguita los sábados y los domingos. Así levanté a mis hijos y también pagaba arriendo para vivir. Resultó este proyecto, me conseguí un lotecito y me hicieron la casita. Dejé de pagar arriendo y estoy feliz”.

En esa nueva casa, María de los Ángeles vive desde hace cuatro meses con sus hijos y su papá. “Me siento súper feliz, no me cambio por nadie. Es como si hubiera subido al cielo. Después de haber sufrido tanto, es mucho descanso no tener que pagar arriendo. Además ya levanté mis hijos. Es mucho adelanto”.

Casa nueva, niño nuevo

“Yo era de La Cascada, Carmen de Viboral”, cuenta Francisco Luis Vásquez en el balcón de su casa. “Hace cuatro años y medio me vine desplazado para acá porque podía tener un apoyo mejor, porque allá estábamos muy mal”.

“Yo pagaba arriendo, todo pobre, todo sufrido y ya, pues, nos ayudaron para un proyecto. La señora mía estuvo bregando y gracias a Dios salimos adelante con la casita. Me colaboraron mucho, yo hice abajo el sótano y las columnas y del proyecto hicieron la plancha de abajo y ahí me colaboraron con una parte arriba. Yo puse mucha mano de obra para eso”.

La casa de Francisco tiene un sotano, o pieza de reblujos como él lo llama, sala y cocina en el primer piso y dos habitaciones en el segundo. Allí vive con su esposa y sus tres hijos, el más pequeño de una semana de nacido. La felicidad les llegó por partida doble. “Tuvimos la alegría del niño y ahora tenemos una casa digna para vivir con los hijos, con los que están alrededor de uno. Me siento súper contenta”, dice Maria Jacinta, la esposa de Francisco, quien salta y ríe por esa alegría mientras observa las paredes de su nueva casa y contempla al bebé dormido.

martes, 13 de noviembre de 2007

LA LEGIÓN DEL AFECTO SEMBRÓ ALEGRÍA EN PUENTE LINDA

Desde diversos sitios del país fueron llegando a la plaza principal de Pensilvania, Caldas. En bus, en camión, en taxi, como fuera lo hicieron y se juntaron el sábado 21 a las 8 de la mañana. Eran casi 400 jóvenes dispuestos a llevar alegría, cultura y cariño a una población ubicada a casi cinco horas en bus escalera del sitio de encuentro. Era la Legión del Afecto, una iniciativa apoyada por la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional -ACCIÓN SOCIAL-.
Hacia las once de la mañana los legionarios estaban montados en cinco escaleras dispuestas para transportarlos hasta Pueblo Nuevo, en Caldas. Con todo su desparpajo se fueron algunos de ellos en los techos de las tradicionales “chivas”, llevando con sus cantos y gritos mucha alegría al camino. Caldas, Antioquia, Cundinamarca, Caquetá, Valle y Huila se confundieron horas después, al momento de bajar de los vehículos y comenzar a caminar para atravesar el puente que cuelga sobre el río Samaná. Hace un par de años la creciente de este afluente se llevó el puente vehicular, por eso fue necesario llegar hasta la otra orilla a pie para tomar los buses que ya esperaban por sus pasajeros y llevarlos hasta Puente Linda, Antioquia, población que hace más de 20 años era paso obligado para todo aquel que quería ir desde Bogotá hacia Medellín. Además, a 20 minutos a pie están los Termales del Espíritu Santo, un sitio de encuentro y esparcimiento de las comunidades antioqueñas y caldenses. Sin embargo, cuando se abrió la autopista Bogotá - Medellín y los grupos armados al margen de la ley se tomaron la región, ambos parajes fueron quedando en el olvido. Pero el fin de semana anterior volvieron a recordar los viejos tiempos con la llegada de los legionarios, quienes prepararon una serie de espectáculos artísticos con el fin de brindar alegría a los campesinos que se negaron a salir de su terruño y albergaron la esperanza de volver a sonreír.
Algunos legionarios, como Adriana Montes, ya se encontraban en el sitio al momento de la llegada de sus compañeros, pues se encargaron de la avanzada. Ella viajó desde San Vicente del Caguán, en el Caquetá, el miércoles 18 a las 5 de la tarde rumbo a Medellín, donde llegó a las 11 de la noche del jueves. De la capital de Antioquia salió a las 5 de la mañana del viernes y seis horas después arribó a Puente Linda. Allí mostró parte del trabajo que desarrolla con algunas comunidades vulnerables: baile norteño. Además realiza, con sus compañeros, proyectos de limpieza ambiental.
“Que venga la Legión es muy bonito, la gente es muy vistosa, son como genios. Todo me ha gustado, hay mucha diversión, ojalá esto siga a cada rato”, dijo Alfonso Ospina, habitante de Morro Azul, vereda ubicada cerca de Puente Linda, quien estuvo en el lugar del encuentro para atender a los muchachos y compartir sus saberes.
“La importancia de la legión radica en el acompañamiento masivo, ir a la zona para ayudar a la recuperación de la gente, de la biodiversidad. La guerra vuelve invisibles estos sitios. Nosotros venimos para armonizar y encontrar la paz”, comentó John David Arias, legionario de Barrancabermeja, Santander.
Al calor de las aguas
Uno de los ejes principales del encuentro de la Legión del Afecto en Puente Linda, era la visita a los Termales del Espíritu Santo, lugar en el cual los habitantes de la zona, antioqueños, se encontraban con los visitantes de otras poblaciones de su departamento y de algunos sitios de Caldas, como Arboleda, Pueblo Nuevo o Pensilvania. Los legionarios arribaron para mostrar a la gente que este sitio está recuperado y que ahora cuenta con una nueva energía, la que emanó de esos alegres luchadores que, juntos, estaban en representación de todo un país que busca una salida pacífica a los problemas.
Hasta los termales llegaron con sus banderas, con sus cantos y su alegría. Disfrutaron, como siempre, de este encuentro con la naturaleza, con el río -símbolo de vida- y regresaron hasta Puente Linda marchando en silencio, para permitir que el río y la naturaleza en general, les contaran su vida completa.
“Quien no escucha el rumor de las hojas, el canto de los pájaros ni el murmullo de los arroyos, lleva el alma enferma”, decía un aviso en las instalaciones de los Termales del Espíritu Santo. Pero ese no es el caso de los legionarios. Ellos llevan el alma sana, ellos escuchan a la naturaleza y hablan con ella, son jóvenes que han padecido la guerra y quieren acabarla, pero para ello deben estar en comunión con la biodiversidad, pues de allí es de donde hemos venido todos. Así lo hicieron notar en el ritual de despedida, ya en horas de la noche de un domingo de paz, en el que en medio del fuego y con imitación de los sonidos de la selva, pidieron la protección para toda Colombia.
A la mañana siguiente no había tristeza en Puente Linda, a pesar de que la Legión del Afecto se marchaba. Por el contrario, la alegría imperaba en los rostros y corazones de quienes allí estuvimos. Donde hace muchos años la gente no llegaba por temor, allá estuvieron los legionarios. Se comunicaron con todo lo que saben, alejando el silencio aterrador pues en medio de las montañas quedó grabado el saludo a la Pacha Mama y su respuesta.